miércoles, mayo 09, 2007

20. Sopa de pescado

Está toda la familia, los padres, los primos, los tíos que viven acá y los que viven allá pero se encuentran de paso, los que llaman por teléfono y los que mandan cartas, despedidas y tequieros, todos de alguna manera, de alguna forma, están acá. Compartimos la sopa, sí, una sencilla sopa de pescado, sencilla allá —ese allá de dónde todos venimos, ese allá que acá todos extrañamos—, allá donde los ingredientes se encuentran en las más humildes cocinas, en las más pobres, en las más arregladas, allá donde todo lo necesario se consigue en el mercado, en el puesto de la casera, la de siempre, esa señora que nos conoce porque allí fuimos desde que éramos chicos y acompañábamos a mamá con la secreta intención de conseguir un dulce, la misma casera donde compra doña Rosa, la vecina, la que se sabe cada cosa que hacemos y cada vez que salimos y la hora a la que llegamos, y donde compra —también— don Esteban, el más respetado habitante del barrio, el profesor del colegio que les enseñó a los hijos y les enseña a los nietos y que parece que nunca va a cansarse ni a morirse. Allá todo sucede con la naturalidad de las cosas que siempre han ocurrido y no hay grandes cambios, ni grandes mudanzas, ni grandes penas; la muerte es el único viaje que realmente es definitivo y todos los demás son breves o largos, pero son viajes con retorno, con vuelta, con boleto de regreso, y las cosas suceden en la puerta, en la calle o en el parque, con la naturalidad con la que pasan los días y pasan las semanas y pasan las estaciones, así, sin alharaca, sin escándalo, sin ruido, porque las fiestas, la música y el baile, las reuniones familiares donde todos conversan a la vez y donde todos tienen algo que decir y donde no hay que quedarse callado porque si no, no hablas nunca, son cosa de todos los sábados o de todos los domingos y de cada rato, y en eso no hay nada de lo que admirarse o preocuparse o estar tomando nota en el diario o en el cuaderno de bitácora o estar publicándolo en el periódico como las defunciones y los robos que, de cualquier manera, no son muy frecuentes, porque allá todo el mundo se conoce y el que no se conoce se presenta y tiende la mano y la mano tendida encuentra otras manos y se saludan y ya se sabe quiénes son —quiénes somos— y ya no se es más forastero y otra vez a la costumbre, a las cosas de cada rato, a lo que no llama la atención ni da miedo, ni sale en primera plana, al mercado por la mañana, al cuidado de la casa, a la cocina que sirve de altar a los más deliciosos platos, al comedor compartido, al almuerzo con todos, juntos, sin apuro y sin relojes y sin teléfonos, sin nada que interrumpa la más sagrada de las reuniones familiares, la de todos los días alrededor del mantel, alrededor de la mesa. Allá nadie anda preocupándose del seguro que se venció, porque las cosas están aseguradas por la nobleza de su origen, por su buena madera, por el buen trabajo, por el buen artesano y su mano buena que hace maravillas. Nadie anda pensando en los apuros del calendario porque las estaciones llegan el día que deben llegar y si no llegan tan puntuales como el tren pues ya llegarán con calma y habrá, en todo caso, que pedirle o reclamarle al taita, al padre, al jefe, al de arriba, a ese que sin duda hará algo, moverá el dedo como quien mezcla el café con leche y, ya, todo solucionado, todo en su sitio, y las luces de nuevo poblarán los campos para que germine la semilla y los árboles reverdecerán y las flores se pondrán lindas y coloridas y se caerán de las ramas y las ramas quedan como vacías, como abandonadas, pero sólo por un tiempo porque después serán hermosas y fuertes de nuevo, hermosas como las muchachas que este verano habrán dejado de jugar a las muñecas para ser mujeres, y fuertes como los muchachos que abandonarán como nunca el partido de fútbol porque esta tarde se han dado un duchazo de esos, una afeitada de esas, una arreglada de esas y se han puesto el terno que le queda chico al papá o el que le sobra al primo o el que el tío les ha prestado medio a regañadientes y entre bromas, para salir a la fiesta que se organiza por quién sabe qué, porque salió el sol o porque saldrá o porque amanecimos todos y no queremos quedarnos así, callados, ingratos, desabridos, mientras el mundo entero, los pájaros, los perros y los gallos, cantan en no se sabe qué idioma una canción llena de entusiasmo, llena de pasión, llena de esperanza. Allá es tan sencilla la sopa de pescado que se come todos los días, a cada rato, por cualquier ocasión, es tan simple y tan importante que se prepara como se preparan las tradiciones, las costumbres y las repetidas epopeyas domésticas, con calma, con ganas, con alegría y, claro, con pescado. Pero pescado fresco, el del sacrificio de cada día, el que trae don Lorenzo a su puesto en el mercado, el que está al final de todos, al último, después de don Carlos, el carnicero, y de don Benjamín, el de las aves; pescado recién arrebatado al mar, recién cosechado de las aguas, recién conseguido, no el congelado ése que traen los innobles camiones que vienen de quién sabe dónde llenos de hielo, fábricas ambulantes de frío, donde los peces parecen haber sido petrificados mientras nadaban en sus ríos, con los ojos abiertos, sorprendidos por la violencia de tanta modernidad, de tanto avance, de tanto querer abarcarlo todo en poco tiempo, como esos hombres que quieren hacerse ricos y siguen acumulando fortuna y siguen queriendo más y guardando más y sufriendo más pensando cómo conservar lo que tienen y cómo seguir juntando más cosas, más monedas, más papeles, en una delirante carrera contra la nada a la que nada le interesan el ancho de los bolsillos o lo grande del arca o lo profundo del cofre, la nada —serena y clara, limpia y blanca— que se viene con esa cara de señora vieja que le pintaron ayer los artistas y que no ha querido despintarse porque en el fondo es tierna y dulce y no quiere desilusionarnos, la nada que nada pide sino la sencilla paz del tránsito, la serenidad de la transición, la tranquilidad del camino que debe seguir para seguir siendo, que solo anhela el sosegado recorrido de la naturaleza, esa madre que sólo exige a las estaciones que cumplan sus compromisos y que después de tantas flores florecidas (perdónenme la redundancia), de tanta primavera, de tantas luminosidades, de tanto cálido verano, de tantas hojas que se caen entre las manos de las chicas que juegan en el parque a esconderse con los chicos, de tanto otoño sencillón y simple, después de tanto paso y de tanto peso, lleguen los fríos con sus vientos y sus lluvias y sus resfriados, y algunos se marchen, como ha sido siempre, como debe ser, adelantándose un poco en esa jornada, en esa vía, en esa comunión con la tierra que a nadie debiera atemorizar porque es sencillamente lo que es y lo que ha sido desde que somos y aún desde antes, porque es lo que es desde siempre y para siempre sin que importe demasiado nuestra opinión en contra o cualquier nota de protesta. Por eso digo que el caldo de pescado es algo común, como la vida y como la muerte, común como todo lo que sucede y se sucede, sin demasiadas muestras de ilusión o desencanto, común como los ríos y como los pájaros, como el amigo que nos visita sin pedir permiso porque sabe que estaremos felices de verlo y como el pan que se comparte sin andar contando los pedazos, caldo, pues, común y fácil, simple de hacer, tan simple como la receta de la abuela que no tiene más secretos que su infinito amor y sus ganas de ser. Pero eso es allá, no acá, allá donde somos quienes somos y no somos estos vagabundos indocumentados o sí, ilegales o no, con crédito o desacreditados, enteros o partidos, asilados o aislados, —que a estas alturas y en estas tierras parece significar la misma soledad—, estos extranjeros en los que nos hemos convertido por obra y gracia de nosotros mismos, por nuestra mano, por nuestra causa, porque quisimos caminar otros pasos, hacer otros recorridos, librarnos de pobrezas o tiranos, labrarnos un futuro, y entonces llegamos acá y acá la familia se hizo más familia o más ganas de familia porque la amenaza de dejar de serlo es grande, como es más grande la nostalgia, y todo porque es difícil verse los domingos, porque vivimos lejos aunque sea la misma ciudad, porque estamos ocupados viviendo como esclavos para ser libres algún día, porque hay mucho que hacer, mucho que trabajar, mucho que progresar, mucho que comprar, mucho que cumplir, mucho que pagar —a plazos y para siempre— y no hay nada de tiempo para sentarse alrededor de la mesa a compartir esa sopita de pescado hablando de cualquier cosa que no suene a trabajo, a hipotecas, a fondo de pensiones y pagarés y tarjetas y compromiso, y entonces hay que aferrarse a los recuerdos, agarrarse de la memoria, sujetarse fuerte de lo que queda de familia y buscar oportunidades como ésta, ocasiones como ésta, en las que la despedida de quien se va —no de regreso a la casa vieja, ni a la calle gastada, ni al barrio ni al parque, ni al perro de la esquina que aún debe estar esperándonos moviéndonos la cola—, de quien se va a otro allá, uno más allá, más lejos, más distante, no porque sean más los metros o los kilómetros, si no porque será mayor la soledad porque seremos menos los nosotros, los exiliados, los que empezamos a ser familia, porque acá, este acá —esta lejanía, esta distancia— ha sido tan visitada, tan concurrida, tan presagiada, tan soñada por tantos en tantas generaciones, en tantas persecuciones, en tantas huidas, que este acá sigue siendo lejos pero es ahora un lejos poblado, acompañado, reunido, un lejos que ya empieza a quedarnos cerca, donde es posible acordarse de la vieja receta de la sopa de pescado y donde, con un poco de buena voluntad y otro poco de ingenio, es posible aún cocinar esa sopa, ese consomé, ese chupe delicioso que hacía la abuela los domingos mientras cantaba esas canciones de las que aún nos acordamos y que cantaremos esta noche, en esta despedida, en esta ocasión, en esta marcha que sigue y continúa, para celebrar la familia, la sangre, la comunidad, la tradición y la vida. Sí, es cierto, en esta Ciudad todos nos estamos yendo, todos estamos de paso y todos somos extranjeros, pero de alguna manera, de alguna forma, esta sopa de pescado nos devuelve a la casa de antes, al comedor poblado de recuerdos, a la sala donde departen los viejos de la tribu, a la biblioteca donde alguno de los que fueron sabios lee un libro todavía, al poema que alguien recita en la tarde, junto con el café, a la risa de todos, al canto, a la esperanza, a la familia nuestra y común, a la familia, grande y definitiva, que ni se acaba ni se termina porque la llevamos dentro, en el estómago, en los huesos y en la piel, en cada cosa que hacemos, en cada selva que poblamos, en cada pared que construimos, en cada palabra, en cada gesto, en cada forma, en cada centímetro de nuestra herencia, en cada una de las cucharadas de sopa de pescado, calentita y sabrosa, que compartimos.

jueves, abril 19, 2007

19. Tiempo para comer

Tiene razón mi amigo Eddie cuando me dice que lo que más se extraña en esta ciudad es el tiempo, es decir “nuestro tiempo”, el tiempo que nos tomamos nosotros para hacer las cosas; comer, por ejemplo.

¿Quién no recuerda la mesa familiar y la sobremesa con las conversaciones interminables de “los mayores” que se proponían salvar al mundo con una copa de vino en la mano o con el café aromático de las tardes domingueras? Allá el tiempo sobraba, siempre se podía pedir un pan más, un postre más, una cerveza más. Los horarios eran simples formalismos para darnos una idea de la fecha, y el atrevimiento de llegar temprano era una torpeza que sólo algunos pocos cometíamos por esa obsesión de no querer pasearse por media casa dándose en manos y besos a abuelas, tíos, tías, sobrinos, sobrinos, amigos, amigas, vecinos y demás comensales (“a quien llega primero lo saludan todos, el último saluda a todos”). Si el almuerzo se citaba a la una de la tarde a nadie se le ocurría llegar antes de las dos (y a ninguno le pasaba por la cabeza llegar con las manos vacías, salvo algunos cuyos nombres guardaré en el silencio cómplice de la vieja amistad) y nunca nadie se preocupaba de la hora de irse, eso era algo natural, nacía de varias condiciones: que se acabara la comida, que la charla empezara a dar vueltas sobre el mismo punto, que el sueño se hiciera grave o que se terminara el trago (y ningún anfitrión se exponía a tamaña deshonra). Así pasaban los minutos, pasaba la tarde, llegaba la noche y vaya uno a saber cuándo concluía todo, entre “la última y nos vamos” y las despedidas que tardaban tanto como el mismo almuerzo, ya en la puerta, ya con el motor del carro encendido, ya con la ventana baja y el conductor diciéndole las últimas palabras al dueño de casa que se quedaba conversando eso que “se me había olvidado”.

En los restaurantes pasaba lo mismo, todo ocurría con calma, con la serenidad de los árboles viejos que no tienen apuro alguno porque con calma o sin ella el verano siempre llega y siempre llega el invierno y eso es así, indefectible, rígido, de feroz cumplimiento y entonces, a qué atolondrarse si ya madre natura camina a su paso sin andar empujando a nadie. En los restaurantes uno era un cliente, es decir, un habitué, uno que siempre iba al mismo lugar porque no existía aún ese complejo de veleta que hace que la gente ahora se la pase de local en local para salir en las fotos de las revistas sociales o para poder comentar que estuvo allí en el “lugar de moda” aunque sea carísimo y desabrido y soso y se encuentre lleno hasta la saciedad de personajes olvidables que no van a degustar nada sino a exhibirse como modelos en la pasarela. No, uno iba a “su” restaurante, al preferido, a aquel donde el mozo no era “oiga joven” sino que se llamaba Ignacio, tenía una esposa y tres hijos y se sabía de memoria que nos encantaba tal o cual plato y ponía sobre la mesa, ya sin preguntar, nuestras bebidas preferidas y nos traía el piqueo imprescindible mientras escogíamos entre los tres o cuatro platos que nos encantaban y nos recomendaba éste o aquel porque “acaba de llegarnos pescado fresco” o “la carne está buenísima” y así disfrutábamos de nuestro almuerzo casi como si estuviéramos en casa. Se juntaban dos o tres mesas y cabía toda la familia y todos conversábamos y hablábamos de esto y de aquello y contábamos historias y chistes y noticias y reíamos y carcajeábamos sin más límites que los de no alterar demasiado a las otras mesas que hacían exactamente lo mismo. Nadie nos miraba con cara de “apúrense que hay otros comensales esperando” y eso de la “rotación” de las mesas y sus clientes no era un concepto aprendido por nuestros camareros que siempre se hallaban solícitos y preparados, pacientes y serenos. Eso era ir a comer, era quedarse varias horas en el restaurante, en sillas cómodas, en un ambiente amable, con alguna música instrumental de liviano fondo que nos acompañaba en los breves períodos en que el silencio era necesario para comer o respirar o tomarse un sorbo de vino o de agua o de lo que fuera, que todo siempre estaba bien y era rico y agradable. El café daba lugar al cigarrillo y el cigarrillo a la conversación de sobremesa y ésta duraba varias horas y todos felices abandonábamos el restaurante sin que nadie nos apurara casi bajo la mirada melancólica del dueño que se acercaba, nos conversaba, preguntaba por algún ausente y se convertía casi como de la familia.

Acá no, acá todo es rápido, hasta en los restaurantes más encopetados se respira ese aire de modernidad mal entendida, de apuro, de necesidad de mucha clientela que compense con largas propinas lo mísero del salario de un mesero. Ni bien llegas te das cuenta que hay que esperar, acá siempre se espera, acá siempre está todo lleno, en muy pocos lugares se hace reserva e impera eso de que “el primero que llega se sirve primero”, claro, siempre y cuando hayan llegado todos, porque si el primo Pepe se demoró un poco en su casa y aún no ha aparecido entonces “no se les puede asignar mesa hasta que no se encuentren presentes todos los comensales” y así pierdes el turno y vuelve a la cola a aguardar de nuevo. Acá la comida no es un placer, es una necesidad biológica con más o menos estilo, según sea tu presupuesto. Los restaurantes no son remansos de paz ni templos del sabor, no, se han convertido en fábricas histéricas y compulsivas de platos exagerados, recargados, desbordantes de colores y salsas y lechugas, pero desabridos, desabridos como el cocinero que hace su trabajo de mala gana o como el mesero que sólo piensa en que te vayas para que venga el siguiente con la siguiente propina (compulsivamente agregada a tu cuenta sin consulta previa y con desvergüenza aunque algunos restaurantes tengan el cuidado de incluir la frase esa de “siéntase en libertad de aumentar, disminuir o eliminar la propina a su juicio”).

Comer se ha vuelto una especie de carrera contra el tiempo entre las compras de la mañana y las compras de la tarde (porque en esta Ciudad todos compran porque el deporte nacional es comprar y porque nadie sabe hacer otra cosa que dividir su tiempo libre entre la tienda tal y la tienda cual donde adquirirán una serie de productos absolutamente inútiles que tirarán en algún rincón de la casa hasta que, como casi todo —sillones, sillas, mesas, televisores y mil etcéteras—, decidan arrojarlos a la basura donde alguno, menos pudiente y más sabio, lo recoja para sí, libre de impuestos). Parece que acá nadie disfrutara de esos almuerzos infinitos o de esas cenas trasnochadoras que dieron forma a nuestro grupo, a nuestra familia, a nuestra sociedad; en esta Ciudad, para no desentonar, todo hay que hacerlo apurado.

Ni bien llegas al restaurante sientes que te están echando, el sistema está hecho así, “come y vete”; nada del disfrute, del gozo del paladar, de la maravilla de la charla entre mordisco y mordisco. Y, claro, ya nadie charla, ya nadie comete esa ligereza. Al atrevido que se queda demasiado tiempo después del último bocado lo miran con mala cara aunque en realidad debieran admirarlo. Admirarlo porque resiste esas sillas incomodísimas (casi siempre de metal o de plástico) en las cuales las posaderas sólo pueden hallar reposo por los minutos indispensables para llenar el estómago. Se me ocurre que algún macabro ser ha pensado, estudiado y repasado los músculos que conforman el cuerpo humano de la cintura para abajo y de las rodillas hacia arriba y ha descubierto la manera de construir sillas que parezcan cómodas por unos minutos pero que luego de un tiempo, determinado y breve, empiecen a molestar de tal manera que lo único que uno quiere es levantarse e irse.

Todo —bebida, comida, postre, café— llega en oleadas, apurado, de prisa. Todo se ha planificado para que lo que era un arte se convierta en negocio y el negocio sea “altamente rentable”, para que el restaurante se convierta en cadena y la cadena en franquicia y la franquicia en ese local sin alma donde sólo somos importantes los comensales como elementos molestos pero indispensables para pagar la cuenta y dejar la propina.

La gente ha aceptado silenciosa (casi agradecida) esa deshumanización. Las familias se hacen cada vez más breves y de las inmensidades nuestras que incluían abuelos, tíos, primos y cualquiera que se animara, todo se ha reducido a papá, mamá e hijos (y claro, cada vez son menos hijos porque “criarlos cuesta una fortuna” y eso atenta contra las próximas vacaciones a crédito en esas playas paradisíacas del Caribe donde la felicidad se alquila como las casas, los autos y los sueños). El asunto se torna delirante cuando ves a la familia sentada a la mesa, distraída, apagada, silenciosa, con el padre leyendo el diario (sección deportiva), la hija mirándose al espejo mientras habla por teléfono o manda mensajes de texto, el hijo jugando epilépticamente con el último pleiesteichion que ha salido al mercado y la madre pensando en el amante que tiene o que debería tener para no suicidarse la semana entrante con una sobredosis de esos antidepresivos que le ha recetado el psiquiatra que le mira más las piernas que el alma.

viernes, marzo 16, 2007

18. Parrillada

Tiene razón Eugenia cuando dice que en su país “uno hace un asado en cualquier esquina”; en mi país es igual, claro, le llaman “parrillada”, pero significa lo mismo, un fin de semana, un grupo de amigos, una casa cualquiera, la parrilla empotrada o la portátil (jamás usar ese monstruoso clon que funciona con energía eléctrica, que esa para los flojos), la bolsa de carbón (que no esté húmedo porque humea), las bebidas (gaseosas, espirituosas, azucaradas, dietéticas o simple agua), algo de ensalada (que nadie come, aunque unas generosas rebanadas de tomate jugoso vienen muy bien acompañando la abundancia de palta —fruto delicioso de origen, para mí, divino, que fue apreciado tanto por los Incas, que en quechua así lo bautizaron, como por los Aztecas, que en Náhuatl le llamaban “ahuacatl”, de donde proviene el actual nombre de “aguacate” y el agringado “avocado” que se produce en California—), las carnes (de variedad casi obscena que incluye chorizos, choricitos y morcillas —entre los visitados embutidos— y pollo, chancho y res —en orden ascendente, entre los animales sacrificados a nuestra insaciable voracidad carnívora y antediluviana—), y, claro, el indispensable, el único, el irreemplazable experto parrillero (no se preocupen por eso, siempre hay uno, entusiasta y proactivo, que no teme ensuciarse las manos, ni engrasarse todo, ni cocinarse a fuego lento junto al lomo de cerdo o a la picaña, y es feliz frente a los carbones ardientes, sin más ambición que una cerveza bien helada —la popular “chela al polo” de mis tierras— y un buen par de amigos —patas, yuntas, carnales, brothers, causas, chocheras— para acompañar la jornada; él es quien sabe del calor necesario, del tiempo necesario, de la sal necesaria y conoce como nadie —como cierta vez me enseñó Carlitos, aunque confieso que jamás lo aprendí— no sé qué secreto indispensable para encender la brasa colocando una especie de cucurucho de papel en el centro de una montaña de carbones que terminan convirtiéndose en un fuego estupendo sin acudir nunca, so pena de ser condenado al averno de los inútiles voluntariosos, de los blandengues inexpertos o de los comodones contaminantes, a los artificios tramposos, lúbricos e inflamables, del aceite, la gasolina, la cera, el abanico, el ventilador o la secadora de pelo).

¿Cuántos meses venía postergándose la parrillada? Ya no lo recuerdo. En esta ciudad todo lo que se refiere a la vida social se aplaza, se demora, se piensa demasiado, se procesa y así pierde naturalidad y frescura. Todo el mundo está apurado, todos están cansados, todos tienen muchas cosas que hacer, obligaciones que cumplir, horarios que satisfacer, deudas que pagar, compras que realizar, ropas que lavar y pisos que barrer. La modernidad, que viene con sus carros del año, sus televisores de cincuenta pulgadas, sus viajes fabulosos, sus sueños que duran una semana y se pagan toda la vida, tiene también sus complicaciones. No es como en nuestras patrias, virreinales y clasistas, emergentes y subdesarrolladas, donde tenemos a la empleada (la chica, la muchacha, la mucama, la sirvienta) y a una corte de subordinados mal pagados y subempleados que hacen de nuestras vidas un lugar menos miserable mientras las suyas (sus vidas) se extravían en décadas dedicadas a un trabajo casero, chato, improductivo e interminable (como la condena del pobre Sísifo) pero, no obstante, indispensable.

Pero éste no es un trabajo de sociología ni una teoría del absurdo devenir humano que oscila entre la antigüedad esclavista y la modernidad auto-esclavizante, esta es (o quiso ser) la narración de un delicioso día de parrillada que amaneció con un sol radiante frente a las aguas, mansas todavía, de estas tierras que miran, entre el temor y la envidia, el esplendor a veces virginal, a veces lujurioso, y siempre lúdico, del Caribe.

Está dicho que acá, en esta ciudad, no es posible decir, “hago una parrillada” y hacerla sin más. Acá hay reglas, normas, estatutos, policías neuróticos, vecinos paranoicos, denuncias anónimas y todo un entramado fabuloso que garantiza una vida civilizada, sin excesos, sin vecinos empinando demasiado el codo y sin escándalos finsemaneros. Así que había que hallar el lugar propicio para reunirse (sin ser acosados por las autoridades) como lo hacían nuestros ancestros, alrededor del fuego que espantaba fantasmas y prolongaba, con su luminoso calor, la luz protectora del mediodía.

Echarse a buscar el sitio indicado tomó un tiempo, fatigó nuestra paciencia y probó nuestra amerindia terquedad. Los departamentos, donde casi todos vivimos, tienen claras “políticas de convivencia” que impiden que el molesto humo del carbón ardiendo se cuele por las rendijas de la ventana y active involuntariamente cualquiera de los infinitos detectores de incendio y sus taladrantes alarmas. Así, en uno de los condominios había que dejar “en garantía” una escandalosa suma de dinero “para preservar el patrimonio comunal en caso de desastre”; en otro había un solo ambiente “adecuado” para encender el carbón parrillero y había que separarlo con una anticipación delirante que nuestra latinísima y natural improvisación rechazaba desde lo más íntimo de nuestras vísceras tercermundistas; y, en un tercero, autorizaban solamente el uso de parrillas eléctricas y ya, sublevados, molestos y emperrechinados en nuestro soberano derecho al caos mestizo, decidimos que no, o era una parrillada con todas las de la ley o no era nada. Así que seguimos buscando.

Si Militza, en sus años de exilio —más real, más valiente y menos dorado—, no hubiera visitado en sus días grises la belleza de estas costas con sus pastos que llegan hasta el mar, sus árboles frondoso, sus arbustos poblados de aves marineras, sus piedras albergadoras de escurridizas lagartijas, su mar tranquilo, azul, surcado por barcos y veleros lejanos, probablemente jamás me hubiera hablado de ese lugar amable y paradisíaco, a unos pocos kilómetros de la rutina del centro, de las aguas negras del puerto y de las carreteras acrobáticas y apabullantes, en donde halló muchas mañanas y muchos atardeceres, la calma indispensable para conservar la calma y la serenidad suficiente para mantenerse serena en estas tierras de huracanes, tormentas y borrascas.

Así que en esas semanas de búsqueda frustrante, de límites y prohibiciones, me acordé de esos espacios de los que tanto me habló la vieja —pero nunca envejecida— amiga de la escuela y me lancé a investigar con tan buena fortuna que hallé —allí donde ella lo recordaba— un parque público, cuidado, limpio, bello, animado de vida silvestre y pleno de un verdor revitalizante, poblado de bancas, mesas, parillas y toda esa parafernalia irrenunciable que hacía posible, en nuestras tierras, la parrillada en cuestión. Por unas monedas la democracia se abría paso y, más allá del pago del arancel impuesto por ocupar el estacionamiento, el uso del ambiente era irrestricto (lo que en nuestras tierras morenas hubiera estado restringido por algún letrero que rezara “para el uso exclusivo de los socios” de algún club cuyas cuotas prohibitivas mantuvieran a los pobres en su lugar y a nosotros —arribistas y arribados, mercaderes y mercenarios— en nuestra comodidad clasemediera que en América Latina es dulcemente amarga y amargamente discriminatoria, artificial y verdadera, limpia y nebulosa, plena de un tufillo falsamente aristocrático que a veces da ternura y casi siempre da náuseas).

Bueno, tampoco tan irrestricto era el lugar, que algunos límites había y, entre ellos, el claro mandato que liquidaba cualquier intento de consumo de alcohol (una bendición para los abstemios entre los que me cuento).

Llegado el día, coordinado todo, con la emoción al tope, el grupo variopinto decidió reunirse para rememorar el viejo rito de la parrillada carbónica de brasas y grasas dentro del marco fabuloso de un paisaje de película.

Nos levantamos temprano y Ella empezó a coordinarlo todo; las horas pasaron, como siempre pasan, veloces y voraces, entre conversaciones telefónicas de mujeres poniéndose de acuerdo, hasta que me dijo: “vamos, Eugenia está haciendo las compras con Natalia, Boris está en camino y Eduardo ya viene”, vaguedad suficiente para arrancarme de mi delicioso apoltronamiento y conducirme al parque aquel que ya empezaba a llenarse de familias animadas y bulliciosas que separaban las parrillas y las mesas y las bancas, para preparar el almuerzo. “Guarda el sitio mientras yo voy a comprar algunas cositas en el supermercado, no creo que me demore mucho y los demás ya llegan ahorita”, me dijo Ella cuando hallamos la ubicación exacta, cerca del mar y cerca de los baños y cerca de todo, que la complació por completo.

Ella se fue en el auto, me abandonó a mi suerte, pasaron los minutos y siguieron pasando, pero soy paciente. Paciente sí, pero no impermeable; una lluvia, feroz, abrumadora, tropical y absolutamente mojadora y empapante se arrancó con la misma ferocidad de los administradores de condominios y sus prohibiciones de hacer parrilla. No me rindió la sorpresa y allí me quedé, enhiesto, sólido, terco y solidario, bajo las aguas del diluvio defendiendo el puente con la inútil gallardía de los viejos caballeros…