jueves, abril 19, 2007

19. Tiempo para comer

Tiene razón mi amigo Eddie cuando me dice que lo que más se extraña en esta ciudad es el tiempo, es decir “nuestro tiempo”, el tiempo que nos tomamos nosotros para hacer las cosas; comer, por ejemplo.

¿Quién no recuerda la mesa familiar y la sobremesa con las conversaciones interminables de “los mayores” que se proponían salvar al mundo con una copa de vino en la mano o con el café aromático de las tardes domingueras? Allá el tiempo sobraba, siempre se podía pedir un pan más, un postre más, una cerveza más. Los horarios eran simples formalismos para darnos una idea de la fecha, y el atrevimiento de llegar temprano era una torpeza que sólo algunos pocos cometíamos por esa obsesión de no querer pasearse por media casa dándose en manos y besos a abuelas, tíos, tías, sobrinos, sobrinos, amigos, amigas, vecinos y demás comensales (“a quien llega primero lo saludan todos, el último saluda a todos”). Si el almuerzo se citaba a la una de la tarde a nadie se le ocurría llegar antes de las dos (y a ninguno le pasaba por la cabeza llegar con las manos vacías, salvo algunos cuyos nombres guardaré en el silencio cómplice de la vieja amistad) y nunca nadie se preocupaba de la hora de irse, eso era algo natural, nacía de varias condiciones: que se acabara la comida, que la charla empezara a dar vueltas sobre el mismo punto, que el sueño se hiciera grave o que se terminara el trago (y ningún anfitrión se exponía a tamaña deshonra). Así pasaban los minutos, pasaba la tarde, llegaba la noche y vaya uno a saber cuándo concluía todo, entre “la última y nos vamos” y las despedidas que tardaban tanto como el mismo almuerzo, ya en la puerta, ya con el motor del carro encendido, ya con la ventana baja y el conductor diciéndole las últimas palabras al dueño de casa que se quedaba conversando eso que “se me había olvidado”.

En los restaurantes pasaba lo mismo, todo ocurría con calma, con la serenidad de los árboles viejos que no tienen apuro alguno porque con calma o sin ella el verano siempre llega y siempre llega el invierno y eso es así, indefectible, rígido, de feroz cumplimiento y entonces, a qué atolondrarse si ya madre natura camina a su paso sin andar empujando a nadie. En los restaurantes uno era un cliente, es decir, un habitué, uno que siempre iba al mismo lugar porque no existía aún ese complejo de veleta que hace que la gente ahora se la pase de local en local para salir en las fotos de las revistas sociales o para poder comentar que estuvo allí en el “lugar de moda” aunque sea carísimo y desabrido y soso y se encuentre lleno hasta la saciedad de personajes olvidables que no van a degustar nada sino a exhibirse como modelos en la pasarela. No, uno iba a “su” restaurante, al preferido, a aquel donde el mozo no era “oiga joven” sino que se llamaba Ignacio, tenía una esposa y tres hijos y se sabía de memoria que nos encantaba tal o cual plato y ponía sobre la mesa, ya sin preguntar, nuestras bebidas preferidas y nos traía el piqueo imprescindible mientras escogíamos entre los tres o cuatro platos que nos encantaban y nos recomendaba éste o aquel porque “acaba de llegarnos pescado fresco” o “la carne está buenísima” y así disfrutábamos de nuestro almuerzo casi como si estuviéramos en casa. Se juntaban dos o tres mesas y cabía toda la familia y todos conversábamos y hablábamos de esto y de aquello y contábamos historias y chistes y noticias y reíamos y carcajeábamos sin más límites que los de no alterar demasiado a las otras mesas que hacían exactamente lo mismo. Nadie nos miraba con cara de “apúrense que hay otros comensales esperando” y eso de la “rotación” de las mesas y sus clientes no era un concepto aprendido por nuestros camareros que siempre se hallaban solícitos y preparados, pacientes y serenos. Eso era ir a comer, era quedarse varias horas en el restaurante, en sillas cómodas, en un ambiente amable, con alguna música instrumental de liviano fondo que nos acompañaba en los breves períodos en que el silencio era necesario para comer o respirar o tomarse un sorbo de vino o de agua o de lo que fuera, que todo siempre estaba bien y era rico y agradable. El café daba lugar al cigarrillo y el cigarrillo a la conversación de sobremesa y ésta duraba varias horas y todos felices abandonábamos el restaurante sin que nadie nos apurara casi bajo la mirada melancólica del dueño que se acercaba, nos conversaba, preguntaba por algún ausente y se convertía casi como de la familia.

Acá no, acá todo es rápido, hasta en los restaurantes más encopetados se respira ese aire de modernidad mal entendida, de apuro, de necesidad de mucha clientela que compense con largas propinas lo mísero del salario de un mesero. Ni bien llegas te das cuenta que hay que esperar, acá siempre se espera, acá siempre está todo lleno, en muy pocos lugares se hace reserva e impera eso de que “el primero que llega se sirve primero”, claro, siempre y cuando hayan llegado todos, porque si el primo Pepe se demoró un poco en su casa y aún no ha aparecido entonces “no se les puede asignar mesa hasta que no se encuentren presentes todos los comensales” y así pierdes el turno y vuelve a la cola a aguardar de nuevo. Acá la comida no es un placer, es una necesidad biológica con más o menos estilo, según sea tu presupuesto. Los restaurantes no son remansos de paz ni templos del sabor, no, se han convertido en fábricas histéricas y compulsivas de platos exagerados, recargados, desbordantes de colores y salsas y lechugas, pero desabridos, desabridos como el cocinero que hace su trabajo de mala gana o como el mesero que sólo piensa en que te vayas para que venga el siguiente con la siguiente propina (compulsivamente agregada a tu cuenta sin consulta previa y con desvergüenza aunque algunos restaurantes tengan el cuidado de incluir la frase esa de “siéntase en libertad de aumentar, disminuir o eliminar la propina a su juicio”).

Comer se ha vuelto una especie de carrera contra el tiempo entre las compras de la mañana y las compras de la tarde (porque en esta Ciudad todos compran porque el deporte nacional es comprar y porque nadie sabe hacer otra cosa que dividir su tiempo libre entre la tienda tal y la tienda cual donde adquirirán una serie de productos absolutamente inútiles que tirarán en algún rincón de la casa hasta que, como casi todo —sillones, sillas, mesas, televisores y mil etcéteras—, decidan arrojarlos a la basura donde alguno, menos pudiente y más sabio, lo recoja para sí, libre de impuestos). Parece que acá nadie disfrutara de esos almuerzos infinitos o de esas cenas trasnochadoras que dieron forma a nuestro grupo, a nuestra familia, a nuestra sociedad; en esta Ciudad, para no desentonar, todo hay que hacerlo apurado.

Ni bien llegas al restaurante sientes que te están echando, el sistema está hecho así, “come y vete”; nada del disfrute, del gozo del paladar, de la maravilla de la charla entre mordisco y mordisco. Y, claro, ya nadie charla, ya nadie comete esa ligereza. Al atrevido que se queda demasiado tiempo después del último bocado lo miran con mala cara aunque en realidad debieran admirarlo. Admirarlo porque resiste esas sillas incomodísimas (casi siempre de metal o de plástico) en las cuales las posaderas sólo pueden hallar reposo por los minutos indispensables para llenar el estómago. Se me ocurre que algún macabro ser ha pensado, estudiado y repasado los músculos que conforman el cuerpo humano de la cintura para abajo y de las rodillas hacia arriba y ha descubierto la manera de construir sillas que parezcan cómodas por unos minutos pero que luego de un tiempo, determinado y breve, empiecen a molestar de tal manera que lo único que uno quiere es levantarse e irse.

Todo —bebida, comida, postre, café— llega en oleadas, apurado, de prisa. Todo se ha planificado para que lo que era un arte se convierta en negocio y el negocio sea “altamente rentable”, para que el restaurante se convierta en cadena y la cadena en franquicia y la franquicia en ese local sin alma donde sólo somos importantes los comensales como elementos molestos pero indispensables para pagar la cuenta y dejar la propina.

La gente ha aceptado silenciosa (casi agradecida) esa deshumanización. Las familias se hacen cada vez más breves y de las inmensidades nuestras que incluían abuelos, tíos, primos y cualquiera que se animara, todo se ha reducido a papá, mamá e hijos (y claro, cada vez son menos hijos porque “criarlos cuesta una fortuna” y eso atenta contra las próximas vacaciones a crédito en esas playas paradisíacas del Caribe donde la felicidad se alquila como las casas, los autos y los sueños). El asunto se torna delirante cuando ves a la familia sentada a la mesa, distraída, apagada, silenciosa, con el padre leyendo el diario (sección deportiva), la hija mirándose al espejo mientras habla por teléfono o manda mensajes de texto, el hijo jugando epilépticamente con el último pleiesteichion que ha salido al mercado y la madre pensando en el amante que tiene o que debería tener para no suicidarse la semana entrante con una sobredosis de esos antidepresivos que le ha recetado el psiquiatra que le mira más las piernas que el alma.

viernes, marzo 16, 2007

18. Parrillada

Tiene razón Eugenia cuando dice que en su país “uno hace un asado en cualquier esquina”; en mi país es igual, claro, le llaman “parrillada”, pero significa lo mismo, un fin de semana, un grupo de amigos, una casa cualquiera, la parrilla empotrada o la portátil (jamás usar ese monstruoso clon que funciona con energía eléctrica, que esa para los flojos), la bolsa de carbón (que no esté húmedo porque humea), las bebidas (gaseosas, espirituosas, azucaradas, dietéticas o simple agua), algo de ensalada (que nadie come, aunque unas generosas rebanadas de tomate jugoso vienen muy bien acompañando la abundancia de palta —fruto delicioso de origen, para mí, divino, que fue apreciado tanto por los Incas, que en quechua así lo bautizaron, como por los Aztecas, que en Náhuatl le llamaban “ahuacatl”, de donde proviene el actual nombre de “aguacate” y el agringado “avocado” que se produce en California—), las carnes (de variedad casi obscena que incluye chorizos, choricitos y morcillas —entre los visitados embutidos— y pollo, chancho y res —en orden ascendente, entre los animales sacrificados a nuestra insaciable voracidad carnívora y antediluviana—), y, claro, el indispensable, el único, el irreemplazable experto parrillero (no se preocupen por eso, siempre hay uno, entusiasta y proactivo, que no teme ensuciarse las manos, ni engrasarse todo, ni cocinarse a fuego lento junto al lomo de cerdo o a la picaña, y es feliz frente a los carbones ardientes, sin más ambición que una cerveza bien helada —la popular “chela al polo” de mis tierras— y un buen par de amigos —patas, yuntas, carnales, brothers, causas, chocheras— para acompañar la jornada; él es quien sabe del calor necesario, del tiempo necesario, de la sal necesaria y conoce como nadie —como cierta vez me enseñó Carlitos, aunque confieso que jamás lo aprendí— no sé qué secreto indispensable para encender la brasa colocando una especie de cucurucho de papel en el centro de una montaña de carbones que terminan convirtiéndose en un fuego estupendo sin acudir nunca, so pena de ser condenado al averno de los inútiles voluntariosos, de los blandengues inexpertos o de los comodones contaminantes, a los artificios tramposos, lúbricos e inflamables, del aceite, la gasolina, la cera, el abanico, el ventilador o la secadora de pelo).

¿Cuántos meses venía postergándose la parrillada? Ya no lo recuerdo. En esta ciudad todo lo que se refiere a la vida social se aplaza, se demora, se piensa demasiado, se procesa y así pierde naturalidad y frescura. Todo el mundo está apurado, todos están cansados, todos tienen muchas cosas que hacer, obligaciones que cumplir, horarios que satisfacer, deudas que pagar, compras que realizar, ropas que lavar y pisos que barrer. La modernidad, que viene con sus carros del año, sus televisores de cincuenta pulgadas, sus viajes fabulosos, sus sueños que duran una semana y se pagan toda la vida, tiene también sus complicaciones. No es como en nuestras patrias, virreinales y clasistas, emergentes y subdesarrolladas, donde tenemos a la empleada (la chica, la muchacha, la mucama, la sirvienta) y a una corte de subordinados mal pagados y subempleados que hacen de nuestras vidas un lugar menos miserable mientras las suyas (sus vidas) se extravían en décadas dedicadas a un trabajo casero, chato, improductivo e interminable (como la condena del pobre Sísifo) pero, no obstante, indispensable.

Pero éste no es un trabajo de sociología ni una teoría del absurdo devenir humano que oscila entre la antigüedad esclavista y la modernidad auto-esclavizante, esta es (o quiso ser) la narración de un delicioso día de parrillada que amaneció con un sol radiante frente a las aguas, mansas todavía, de estas tierras que miran, entre el temor y la envidia, el esplendor a veces virginal, a veces lujurioso, y siempre lúdico, del Caribe.

Está dicho que acá, en esta ciudad, no es posible decir, “hago una parrillada” y hacerla sin más. Acá hay reglas, normas, estatutos, policías neuróticos, vecinos paranoicos, denuncias anónimas y todo un entramado fabuloso que garantiza una vida civilizada, sin excesos, sin vecinos empinando demasiado el codo y sin escándalos finsemaneros. Así que había que hallar el lugar propicio para reunirse (sin ser acosados por las autoridades) como lo hacían nuestros ancestros, alrededor del fuego que espantaba fantasmas y prolongaba, con su luminoso calor, la luz protectora del mediodía.

Echarse a buscar el sitio indicado tomó un tiempo, fatigó nuestra paciencia y probó nuestra amerindia terquedad. Los departamentos, donde casi todos vivimos, tienen claras “políticas de convivencia” que impiden que el molesto humo del carbón ardiendo se cuele por las rendijas de la ventana y active involuntariamente cualquiera de los infinitos detectores de incendio y sus taladrantes alarmas. Así, en uno de los condominios había que dejar “en garantía” una escandalosa suma de dinero “para preservar el patrimonio comunal en caso de desastre”; en otro había un solo ambiente “adecuado” para encender el carbón parrillero y había que separarlo con una anticipación delirante que nuestra latinísima y natural improvisación rechazaba desde lo más íntimo de nuestras vísceras tercermundistas; y, en un tercero, autorizaban solamente el uso de parrillas eléctricas y ya, sublevados, molestos y emperrechinados en nuestro soberano derecho al caos mestizo, decidimos que no, o era una parrillada con todas las de la ley o no era nada. Así que seguimos buscando.

Si Militza, en sus años de exilio —más real, más valiente y menos dorado—, no hubiera visitado en sus días grises la belleza de estas costas con sus pastos que llegan hasta el mar, sus árboles frondoso, sus arbustos poblados de aves marineras, sus piedras albergadoras de escurridizas lagartijas, su mar tranquilo, azul, surcado por barcos y veleros lejanos, probablemente jamás me hubiera hablado de ese lugar amable y paradisíaco, a unos pocos kilómetros de la rutina del centro, de las aguas negras del puerto y de las carreteras acrobáticas y apabullantes, en donde halló muchas mañanas y muchos atardeceres, la calma indispensable para conservar la calma y la serenidad suficiente para mantenerse serena en estas tierras de huracanes, tormentas y borrascas.

Así que en esas semanas de búsqueda frustrante, de límites y prohibiciones, me acordé de esos espacios de los que tanto me habló la vieja —pero nunca envejecida— amiga de la escuela y me lancé a investigar con tan buena fortuna que hallé —allí donde ella lo recordaba— un parque público, cuidado, limpio, bello, animado de vida silvestre y pleno de un verdor revitalizante, poblado de bancas, mesas, parillas y toda esa parafernalia irrenunciable que hacía posible, en nuestras tierras, la parrillada en cuestión. Por unas monedas la democracia se abría paso y, más allá del pago del arancel impuesto por ocupar el estacionamiento, el uso del ambiente era irrestricto (lo que en nuestras tierras morenas hubiera estado restringido por algún letrero que rezara “para el uso exclusivo de los socios” de algún club cuyas cuotas prohibitivas mantuvieran a los pobres en su lugar y a nosotros —arribistas y arribados, mercaderes y mercenarios— en nuestra comodidad clasemediera que en América Latina es dulcemente amarga y amargamente discriminatoria, artificial y verdadera, limpia y nebulosa, plena de un tufillo falsamente aristocrático que a veces da ternura y casi siempre da náuseas).

Bueno, tampoco tan irrestricto era el lugar, que algunos límites había y, entre ellos, el claro mandato que liquidaba cualquier intento de consumo de alcohol (una bendición para los abstemios entre los que me cuento).

Llegado el día, coordinado todo, con la emoción al tope, el grupo variopinto decidió reunirse para rememorar el viejo rito de la parrillada carbónica de brasas y grasas dentro del marco fabuloso de un paisaje de película.

Nos levantamos temprano y Ella empezó a coordinarlo todo; las horas pasaron, como siempre pasan, veloces y voraces, entre conversaciones telefónicas de mujeres poniéndose de acuerdo, hasta que me dijo: “vamos, Eugenia está haciendo las compras con Natalia, Boris está en camino y Eduardo ya viene”, vaguedad suficiente para arrancarme de mi delicioso apoltronamiento y conducirme al parque aquel que ya empezaba a llenarse de familias animadas y bulliciosas que separaban las parrillas y las mesas y las bancas, para preparar el almuerzo. “Guarda el sitio mientras yo voy a comprar algunas cositas en el supermercado, no creo que me demore mucho y los demás ya llegan ahorita”, me dijo Ella cuando hallamos la ubicación exacta, cerca del mar y cerca de los baños y cerca de todo, que la complació por completo.

Ella se fue en el auto, me abandonó a mi suerte, pasaron los minutos y siguieron pasando, pero soy paciente. Paciente sí, pero no impermeable; una lluvia, feroz, abrumadora, tropical y absolutamente mojadora y empapante se arrancó con la misma ferocidad de los administradores de condominios y sus prohibiciones de hacer parrilla. No me rindió la sorpresa y allí me quedé, enhiesto, sólido, terco y solidario, bajo las aguas del diluvio defendiendo el puente con la inútil gallardía de los viejos caballeros…

sábado, febrero 24, 2007

17. ¿Tiene reserva?

Cuando Ninette colgó el teléfono de su oficina sabía que algo iba a salir mal, esa nueva agencia que la corporación había contratado para encargarse de los viajes de sus ejecutivos le daba mala espina y eso, sumado a su prodigiosa mala suerte como viajante y pasajera —que incluía haber perdido el vuelo que la llevaría a su fascinante luna de miel parisina para terminar su noche de bodas en el hotel del aeropuerto de esta ciudad anodina junto con su mejor amiga y su hermana, amén de varios sobrinos, compartiendo la única habitación que quedaba disponible—, la hizo desconfiar del futuro viaje de negocios.

Normalmente, ir de su pueblo a la ciudad es algo rutinario, hay vuelos diarios y continuos que aseguran una comunicación constante y fluida que lleva y trae turistas, comerciantes, productos y mercancías, sin mayores trabas ni problemas. Esta visita suya tenía un claro y puntual propósito, entrevistarse con el agente de una famosa modelo que prestaría su rostro para la campaña anual de la línea de maquillaje de una famosa marca de cosméticos que ella representaba. Sabía que las negociaciones iban a ser duras, así que preparó muy bien sus propuestas y argumentos con la esperanza de salir de esa reunión con el contrato firmado.

Toda la semana previa tenía un sinnúmero de reuniones y pendientes que sólo le permitían volar la tarde del jueves para dormir esa noche en la ciudad y llegar puntualmente a las nueve de la mañana a la oficina de modelos que quedaba cerca al centro, en “La Plaza”, un moderno conjunto de edificios que incluían viviendas, hoteles y comercios. El mismo viernes, después del consabido almuerzo protocolar de negocios, volaría de regreso porque esa misma noche la esperaba la fiesta de cumpleaños de su sobrino predilecto.

Coordinó todo con precisión, habló con todos los que había que hablar, revisó la agenda, pidió que le reconfirmaran la cita, la hora del almuerzo, los números y horarios de los vuelos y la reserva en el hotel donde se hospedaría; no quiso dejar nada al azar y le hizo saber a la agencia de viajes que necesitaba que todo anduviera correctamente porque ella contaba con el tiempo justo para llegar a su destino, descansar, acudir a su reunión, ofrecer el almuerzo y retirarse al aeropuerto justo para tomar el avión de regreso. Lola, la secretaria de la agencia, le dijo que no se preocupara, que todo estaba en orden y que ellos ya se habían encargado de todo para que “su viaje con Mercurio Tours sea una experiencia inolvidable”.

Si bien no le gustaba el tonito condescendiente y sabiondo de la secretaria, pensó que su preocupación era un exceso de celo y decidió relajarse. Mientras el taxi la llevaba al aeropuerto, iba pensando en hotel Sherat donde se alojaría, saboreaba ya las delicias que cenaría en el famoso restaurante de la terraza, imaginaba cómo se regalaría con una copa de buen vino y gozaba a priori del tibio y reconfortante jacuzzi que la esperaba para relajarse en su habitación. Decidió que se acostaría temprano para disfrutar de ese colchón, amplio y mullido, y para extraviarse entre esos infinitos y delicados cojines que se desbordaban de una cama digna de reyes. Sí, el Sherat del centro era una maravillosa idea. Se congratuló de su decisión, y aunque el hotel se hallaba un poco lejos de “La Plaza”, no se preocupó, madrugaría, visitaría el gimnasio, se daría un duchazo e iría, fresca y radiante, a su negociación.

El vuelo entre el pueblo y la ciudad fue tranquilo pero incómodo. No pudo dormir porque durante los noventa minutos del viaje anduvo martillada por los gritos famélicos, primero, e histéricos, después, de una niña de poco más de un año cuya previsora madre no había llevado leche suficiente para saciar su hambre. El agua proveída por la gentil aeromoza no fue suficiente para aplacar las necesidades de la niña y el griterío no cesó hasta que el avión pisó tierra en la ciudad. Pero Ninette no perdió la paciencia, al contrario, sonreía porque en el Sherat iba a descansar como una reina.

Un provisto y previsor maletín de mano le evitó la insoportable espera del equipaje y pudo abandonar el lugar pronto a bordo de un taxi que Mercurio Tours se había encargado de contratar para ella. Recorrieron media ciudad y llegaron, como estaba planeado, al hermoso hotel Sherat del centro donde la recibió un amable botones que cargó su maletín hasta la recepción.

Cuando dio su nombre, la dama que atendía pidió que lo deletreara, ella accedió algo impaciente: “ene, i, ene, e, te, te, e, ni-net”, dijo ella y la dama siguió apurando inútilmente las teclas de la máquina. ¿Está segura que tiene una reserva”, “indudablemente”, “espero un segundo, por favor”. Preguntas van, respuestas vienen y “lo lamento señora, pero no usted no tiene una reserva a su nombre”. Quejas corren, explicaciones regresan, discusiones, administrador y demás detalles olvidables y la frase de sus labios escapada: “yo tengo una reservación en el Sherat” y alguien iluminado y una llamada telefónica y “¡Sí!, hay una habitación reservada a nombre de la señora Ninette en el Sherat de La Plaza”, “¡imposible!”, dijo ya de mal humor, “yo lo pedí en el Sherat del centro, en este y no en otro, no voy a ir allá, es lejos y no me acomoda, por favor, cancele la reserva”, “pero, señora, si usted desea una movilidad del hotel la llevará a La Plaza de inmediato, sin cargo alguno”, “no gracias, prefiero buscar otro hotel”, “señora, usted está en su derecho, pero le recomiendo que tome esa reserva, porque este fin de semana hay una exposición de yates en la ciudad y no va a encontrar cupo en ningún hotel”, “usted no entiende, señor, no deseo esa reserva, pero si deseo un taxi, por favor”.

¿Fue el orgullo, fue la molestia con Mercurio Tours —esos incapaces—, fue la sensación de poder hallar lo que buscaba? Nunca lo supo, lo cierto es que se trepó al taxi que le consiguieron y empezó a recorrer la ciudad. El segundo hotel al que llegaron fue al Intercon, dice que alguna vez fue el más lujoso de la ciudad con más de quinientas habitaciones, “un cuarto por favor”, “¿tiene reserva”, “no, pero…”, “lo lamento, señora, no hay cupo”, fue la respuesta que obtuvo. Felizmente el taxista, conocedor de las carencias de esos días, decidió esperar y vio como Ninette salía apresurada del Intercon, preocupada por perder su movilidad, y le pedía al conductor que la llevara al Jaiya, otro prestigioso y elegante hotel. “¿Tiene reserva?”, “no, pero”, “no hay sitio, lo sentimos”, fue la respuesta. No desmayó. Visitó el Marrio, el Radiss, el Dosárboles, el Cuatrostaciones, el Seisembajadores y ¡nada! Nada más que gentiles disculpas de los encargados que le explicaban que todo estaba vendido y que si no tenía reserva sería imposible que encontrara un lugar libre “porque este fin de semana hay una exposición de yates en la ciudad y no va a encontrar cupo en ningún hotel”.

A las dos de la madrugada, luego de recorrer media ciudad, y cuando el taxímetro marcaba ya una pequeña fortuna, llegó a un hotel localizado en medio de un moderno centro empresarial, donde se levantaban también edificios de vivienda y comercios. Ninette ni siquiera miraba los nombres de los hoteles, sencillamente entraba medio derrotada y preguntaba al conserje, casi sin aliento, si es que había una habitación disponible, le repreguntaban a ella el consabido “¿tiene reserva?” y, al decir que no, recibía cada vez la misma negativa respuesta e idéntica explicación. Nunca antes detestó tanto los yates.

Llegada a este último hotel, agotada, sin haber cenado, sin jacuzzi ni colchones, hizo lo mismo. Ya sin ganas se acercó al mostrador y preguntó, sin embargo, esta vez el conserje sonrió casi aliviado y le dijo: “está con suerte, señorita, hace unas horas una señora medio alocada se equivocó de hotel, llamó desde el local de el centro, se quejó y canceló su reserva, debe estar hasta ahora buscando sitio porque este fin de semana hay una exposición de yates en la ciudad y no va a encontrar cupo en ningún hotel. Lo cierto es que tenemos esa habitación disponible para usted”. Ella abrió los ojos y lo miró casi con furia, casi con cólera, casi con odio. “¿Cómo se llama este hotel?”, preguntó secamente. El hombre contestó con esa inalterable y plastificada sonrisa fingida de aviso publicitario: “Bienvenida al Sherat de La Plaza, señorita, estamos para servirla…”.